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Satisfacciones Improvisadas

Me gusta cuando las cosas de la calle van al tiempo del tema que suena en mis oídos, cruzar barbas que hagan a los ojos chiquitos y la música que hacen mis aros cuando hay viento.
Se suele estar, ya no tan en la orilla, contemplando la belleza del agua, cuando se siente esa sustancia de consistencia babosa entre cada uno de los dedos del pié, que sube sin verguenza, se desparrama un poco sobre el empeine cubriendo por supuesto las uñas y regalando un relajante masajeo fresco.
Con la imaginación se llega a la conclusión del color, y también de la identidad del susodicho.
Me encanta jugar con los pies en el barro.
Debo confesar que hacía bastante que no disfrutaba de abundantes gotas pesadas resvalando hacia abajo sobre la piel ni la sensación de deslizarme sobre cosas impermeables como recién salida de una ducha de lubricante.
Fue la combinación de los pedales duros y la humedad en potencia que caracteriza a la ciudad.
Porque no había ni una "gota de aire", como dice la gente (sino equilibraba una y una).
Son hermosas sensaciones asquerosas.